Hablemos claro. Ser aficionado de la selección de fútbol de México es, posiblemente, uno de los ejercicios de masoquismo emocional más intensos del planeta. No lo digo por falta de talento. Lo digo porque ningún otro equipo en el mundo logra generar una expectativa tan masiva para luego, a veces, estrellarse contra un muro de realidad que parece construido con ladrillos de "ya casi".
Pero algo cambió.
Ya no estamos en el ciclo eterno del "quinto partido". De hecho, tras el fracaso estrepitoso en Qatar 2022, donde el Tri ni siquiera pasó de la fase de grupos por primera vez desde 1978, la conversación se ha vuelto mucho más cruda. Ya no se trata de optimismo ciego. Se trata de supervivencia institucional. Con el Mundial 2026 tocando a la puerta y el Estadio Azteca preparándose para una tercera inauguración histórica, la presión sobre la selección de fútbol de México no es solo deportiva; es existencial.
El caos como método de entrenamiento
Si miras la historia reciente, notarás que la estructura de la selección de fútbol de México es un caos fascinante. Javier Aguirre volvió. Otra vez. El "Vasco", ese bombero eterno del fútbol mexicano, regresó para intentar apagar un incendio que ni Diego Cocca ni Jaime Lozano pudieron controlar. Es curioso, ¿no? Siempre volvemos a las bases cuando sentimos que el techo se nos cae encima.
La llegada de Aguirre, junto a Rafa Márquez como su pupilo y eventual sucesor, es un movimiento de ajedrez que busca inyectar jerarquía. Márquez no es cualquier tipo. Es el "Káiser". Alguien que ganó todo con el Barcelona y que entiende que el problema de México muchas veces no es el pie, sino la cabeza.
¿Cuál es el verdadero problema? La falta de exportación. Mientras Estados Unidos satura las ligas europeas con jóvenes de 18 años, México sigue atrapado en una burbuja económica donde la Liga MX paga tan bien que los jugadores prefieren quedarse cómodos en casa que ir a sufrir en el frío de Holanda o Bélgica. Eso te mata el ritmo competitivo a nivel internacional. Es una realidad incómoda.
El peso de la localía y la sombra del 2026
México será sede. Eso suena increíble hasta que recuerdas que no hay eliminatorias para el anfitrión. Jugar puros amistosos contra equipos de segunda línea en Estados Unidos —los famosos "partidos moleros"— ha atrofiado el instinto asesino del equipo. No es lo mismo jugar contra una potencia en Wembley que un amistoso comercial en Charlotte.
La selección de fútbol de México necesita roce. Necesita sangre. Por eso la participación en la Copa América fue un trago tan amargo pero necesario. Nos dimos cuenta de que el nivel de la CONCACAF ya no es suficiente para medir nada. Básicamente, si no puedes ganarle a Venezuela o competirle a Ecuador, el 2026 va a ser una pesadilla vestida de fiesta.
Nombres propios y el relevo que no llega
Santiago Giménez es el nombre que todos repiten. El "Bebote" la rompe en la Eredivisie, pero en la selección parece que le falta el oxígeno. ¿Es culpa de él? Probablemente no. El sistema de juego a veces parece diseñado para que el delantero centro muera de hambre.
Luego tenemos a los veteranos. La eterna discusión sobre Guillermo Ochoa. Hay quien dice que su liderazgo es indispensable; otros creen que ya es hora de que deje paso a Luis Malagón. La realidad es que la selección de fútbol de México ha pecado de nostálgica. Nos cuesta soltar. Nos aferramos a los héroes de ayer porque nos da pavor el vacío que dejan.
Edson Álvarez es, quizá, el único que hoy por hoy tiene ese aura de jugador de clase mundial indiscutible. En el West Ham ha demostrado que tiene los pulmones y el carácter para sostener un mediocampo de élite. Él es el capitán real, el que tiene que jalar del carro cuando las cosas se pongan feas en el Azteca frente a 90,000 personas gritando.
¿Qué diablos pasa con la cantera?
Es frustrante. México gana Mundiales Sub-17 y medallas olímpicas, pero algo se rompe en el camino al profesionalismo absoluto. La regla de extranjeros en la Liga MX, los precios inflados de los traspasos internos y la falta de procesos largos para los entrenadores hacen que el talento joven se oxide en la banca.
A diferencia de naciones como Uruguay o Marruecos, que han optimizado sus recursos humanos, México desperdicia su volumen de población. Somos 130 millones. Deberíamos tener tres onces competitivos en Europa. No los tenemos. Tenemos chispazos.
La táctica: ¿A qué juega México hoy?
Con Javier Aguirre, no esperes un juego de posesión romántico estilo Guardiola. Eso no va a pasar. El "Vasco" es pragmático. Es "cuchillo entre los dientes". La selección de fútbol de México bajo su mando busca ser un equipo incómodo, sólido atrás y vertical.
- Defensa de bloque bajo cuando el rival es superior.
- Salida rápida por las bandas con jugadores como el "Chucky" Lozano (si es que recupera su nivel) o jóvenes como César Huerta.
- El balón parado como arma de destrucción masiva.
Honestamente, no es bonito de ver. Pero es efectivo para un torneo corto como un Mundial. México necesita dejar de intentar ser lo que no es y abrazar su identidad de equipo guerrero, el que te muerde los talones y te gana por cansancio mental.
La relación de la afición con el Tri es tóxica. Nos quejamos, quemamos camisetas, juramos que no volveremos a ver un partido... y ahí estamos el miércoles a las 9 de la noche sintonizando el canal. Ese capital emocional es lo que mantiene viva a la estructura, pero también lo que genera una presión que a veces asfixia a los futbolistas más jóvenes.
Qué esperar de aquí al pitazo inicial
El camino al 2026 no tendrá la emoción de las eliminatorias, pero tendrá la tensión de la reconstrucción. Veremos si la dupla Aguirre-Márquez logra lo que nadie pudo: darle una identidad competitiva a un grupo que parece haber perdido la brújula.
La selección de fútbol de México tiene un techo alto, pero un suelo muy frágil. Lo que pase en los próximos meses con la integración de los jugadores de doble nacionalidad y el desarrollo de figuras en el extranjero definirá si el 2026 es el año de la redención o el del mayor fracaso en casa.
Pasos clave para entender lo que viene:
- Vigilar la actividad en Europa: La cantidad de minutos que sumen jugadores como Johan Vásquez o Santiago Giménez en sus clubes será el termómetro real del nivel físico del equipo.
- El factor Estadio Azteca: Las remodelaciones del Coloso de Santa Úrsula no son solo estéticas. El equipo necesita volver a sentir que su casa es una fortaleza impenetrable, algo que se ha perdido en los últimos años donde los rivales de CONCACAF ya no llegan asustados.
- Nuevos rostros: No pierdas de vista a jugadores como Gilberto Mora o aquellos que están destacando en ligas juveniles. El recambio generacional no es una opción, es una emergencia.
- Pragmatismo sobre estética: Es fundamental aceptar que México no necesita jugar "lindo" para avanzar. Necesita ser ordenado. La disciplina táctica de Aguirre será el eje central de toda la preparación.
La realidad es que el fútbol no sabe de merecimientos. Se trata de goles y de gestión de crisis. La selección de fútbol de México está en una crisis permanente de identidad, pero si algo nos ha enseñado la historia, es que cuando todos los dan por muertos, suelen sacar una garra que nadie esperaba. Solo queda esperar que esta vez, la garra venga acompañada de un plan sólido y no solo de esperanza.