Antes de ser el hombre de blanco que saluda desde el balcón de la Plaza de San Pedro, era simplemente Jorge. Un tipo que viajaba en metro por Buenos Aires, se cocinaba su propia comida y amaba el tango. Si buscas saber quién era el Papa Francisco antes de transformarse en el líder de la Iglesia Católica, tienes que mirar hacia los barrios obreros de Argentina, no hacia los palacios de mármol del Vaticano.
Él no estaba en los planes de nadie para el 2013. O bueno, de casi nadie.
Nació en 1936 en una familia de inmigrantes italianos. Su papá, Mario José Bergoglio, trabajaba en el ferrocarril. Su mamá, Regina María Sivori, se encargaba de la casa y de los cinco hijos. Creció en Flores, un barrio de clase media en Buenos Aires que hoy es lugar de peregrinación para los curiosos que quieren entender sus raíces. Pero ojo, Francisco no nació con una sotana puesta. De hecho, antes de sentir "el llamado", trabajó limpiando el suelo en una floristería y hasta fue guardia de seguridad —sí, un "patovica"— en un club nocturno de Córdoba para pagarse sus estudios.
Imagínatelo por un segundo. El hombre que hoy dicta la moral para 1.300 millones de personas, una vez tuvo que sacar a borrachos de un bar. Eso te da una perspectiva diferente, ¿no?
El químico que terminó siendo cura
A ver, la historia de su vocación es casi de película. Tenía 17 años. Era 21 de septiembre, el día de la primavera en Argentina, un día de fiesta total para los estudiantes. Se suponía que iba a salir con sus amigos, pero pasó por la iglesia de San José de Flores. Entró. Se confesó con un cura que no conocía. Y pum. Salió de ahí sabiendo que su vida ya no le pertenecía a la química (porque sí, se graduó como técnico químico) sino a Dios.
Pero no fue un camino fácil.
A los 21 años casi se muere. Una neumonía grave hizo que le extirparan la parte superior del pulmón derecho. Por eso a veces lo ves que camina un poco lento o que le falta el aire en discursos largos. No es solo la edad; es una cicatriz de guerra de su juventud que lo marcó para siempre.
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Entró a la Compañía de Jesús, los Jesuitas, en 1958. Esa orden es conocida por ser la "intelectualidad" de la Iglesia, pero también por su disciplina casi militar. Jorge Mario Bergoglio no era el típico monaguillo sumiso. Era un tipo brillante, un profesor de literatura y psicología que ponía a sus alumnos a leer a Jorge Luis Borges, incluso cuando Borges no era precisamente el autor favorito de la jerarquía católica conservadora.
La sombra de la dictadura: ¿Quién era el Papa Francisco en los años 70?
Aquí es donde la cosa se pone complicada y honestamente, es el punto más polémico de su biografía. Durante la dictadura militar en Argentina (1976-1983), Bergoglio era el Superior Provincial de los Jesuitas. Tenía apenas 36 años. Un crío para un puesto con tanta responsabilidad en un momento donde la gente desaparecía por pensar distinto.
Se le criticó mucho. Muchísimo. Se dijo que no protegió lo suficiente a dos sacerdotes jesuitas, Orlando Yorio y Francisco Jalics, que fueron secuestrados y torturados por los militares.
Sin embargo, con el paso de los años, han salido testimonios de personas que él escondió en el Colegio Máximo o a las que ayudó a escapar del país dándoles sus propios documentos de identidad. La periodista Nello Scavo escribió un libro entero, La lista de Bergoglio, detallando cómo creó una red clandestina para salvar perseguidos. ¿Fue un héroe o fue demasiado cauteloso? Depende de a quién le preguntes en Argentina, pero la realidad suele estar en los grises. No fue un rebelde a voz en grito como otros curas del Tercer Mundo, pero tampoco fue un cómplice silencioso. Fue, básicamente, un estratega que intentaba sobrevivir y salvar a los suyos en un nido de lobos.
El Arzobispo que no quería ser "Su Eminencia"
Cuando lo nombraron Arzobispo de Buenos Aires en 1998, rompió todos los esquemas. Se negó a vivir en la residencia oficial, que era una mansión lujosa. Prefirió un departamento pequeño, calentaba su comida en el microondas y, lo más famoso de todo, seguía usando el transporte público.
Hay una foto icónica de él sentado en el metro, con su maletín gastado, rodeado de gente que ni siquiera se daba cuenta de que el tipo de al lado era la máxima autoridad eclesiástica del país.
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Hablaba de la "deuda social". Se metía en las villas miseria (los barrios más pobres y peligrosos de Buenos Aires). Mientras otros obispos se codeaban con políticos en cenas de gala, Bergoglio estaba tomando mate con las madres de chicos adictos al paco (pasta base de cocaína). Ahí es donde realmente se forjó su identidad. Si te preguntas quién era el Papa Francisco en su esencia, es ese hombre que cree que la Iglesia debe ser un "hospital de campaña" tras una batalla, no una aduana espiritual donde se revisa si eres lo suficientemente bueno para entrar.
El cónclave de 2013: El mundo se queda en shock
Benedicto XVI renuncia. Un hecho histórico. Nadie se lo esperaba. Los cardenales viajan a Roma y la prensa internacional empieza a tirar nombres. Marc Ouellet de Canadá, Angelo Scola de Italia... Bergoglio figuraba en las listas, pero como un "outsider" de 76 años, casi un candidato para el retiro.
Pero algo pasó en las reuniones previas al cónclave.
Bergoglio dio un discurso de apenas tres minutos y medio. Dijo que la Iglesia estaba enferma porque era "autorreferencial", que se miraba el ombligo y que necesitaba salir a las periferias. Fue como una bomba. Los cardenales se miraron y dijeron: "Este es el hombre".
El 13 de marzo de 2013, salió humo blanco. Cuando anunciaron su nombre, el mundo preguntó: "¿Quién?". En Argentina, la gente gritaba en las calles. En el Vaticano, él decidió llamarse Francisco, por San Francisco de Asís, el santo de los pobres. Era una declaración de intenciones total. Nadie se había atrevido a usar ese nombre antes.
Los cambios reales (y los que se quedaron a medias)
Desde que llegó, Francisco ha intentado limpiar el Banco del Vaticano, que durante décadas fue un coladero de dinero dudoso. Ha hablado de cambio climático en su encíclica Laudato si', diciendo que el planeta es nuestra "casa común" y que lo estamos destruyendo. Ha sido mucho más abierto con la comunidad LGBTQ+, con frases como "si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?".
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Pero claro, no todo es color de rosa.
Para los sectores más liberales, Francisco no ha ido suficientemente lejos. No ha ordenado mujeres sacerdotes, no ha cambiado la postura sobre el aborto y la gestión de los casos de abuso sexual sigue siendo una herida abierta que supura. Para los conservadores, en cambio, es casi un "hereje" que está destruyendo la tradición.
Es un Papa que vive en una tensión constante.
Curiosidades que te hacen ver que es un humano más
- Es fan del fútbol: Socio del club San Lorenzo de Almagro. Tiene su carnet de socio y hasta un pedazo de madera del viejo estadio.
- Ama la literatura: Su autor favorito es Dostoievski. Dice que para entender la condición humana hay que leer al ruso.
- No ve tele: Hizo una promesa a la Virgen del Carmen en 1990 de no volver a ver televisión. Y la cumple. Se entera de los resultados del fútbol porque un guardia suizo le deja una tablita con los puntajes cada semana.
- Le gusta cocinar: Dicen que su especialidad es el risotto.
¿Por qué importa entender quién era antes?
Entender quién era el Papa Francisco es fundamental para no caer en la caricatura que a veces venden los medios. No es solo un "Papa progre" ni un político disfrazado de cura. Es un jesuita argentino formado en la teología del pueblo (que no es lo mismo que la teología de la liberación, ojo). Su enfoque es pastoral: le importa más la persona herida que la regla escrita.
A diferencia de sus predecesores, Francisco no es un académico frío como Ratzinger, ni un místico carismático de masas como Juan Pablo II. Él es un párroco global. Alguien que entiende que el centro del mundo ya no es Europa, sino el Sur Global: África, Asia y América Latina.
Lo que puedes aprender de su trayectoria
Si quieres profundizar en su impacto o entender su filosofía de vida más allá de los titulares de noticias, aquí tienes unos puntos clave para aplicar esa "mentalidad Francisco" en el día a día, seas creyente o no:
- Prioriza la cercanía: Él rompió el protocolo para vivir en Santa Marta, una residencia común, en lugar del Palacio Apostólico. En tu trabajo o vida personal, busca eliminar las barreras jerárquicas innecesarias que te separan de los demás.
- Escucha a la "periferia": Francisco suele decir que las cosas se ven más claras desde los bordes que desde el centro. Si tienes un problema, no busques solo la opinión de los expertos de siempre; habla con quien está en la primera línea.
- La cultura del encuentro: Su gran obsesión es que la gente hable, incluso si se odian. En un mundo hiperpolarizado, fomentar el diálogo con el que piensa distinto es, quizás, su lección más valiosa y difícil de seguir.
Para conocer más detalles sobre sus escritos oficiales, puedes consultar directamente el sitio del Vaticano, donde sus encíclicas explican a fondo su visión sobre la economía y el medio ambiente. Entender a Francisco es, en última instancia, entender un intento de modernizar una institución milenaria sin que se rompa en el proceso. Una tarea que, honestamente, parece casi imposible, pero que él sigue intentando a sus más de 80 años.