El fútbol mexicano vive en una crisis de identidad permanente. No es broma. Si te pones a ver un partido de la Nations League o cualquier amistoso en Estados Unidos, te das cuenta de que la mística se evaporó. Los jugadores de la selección mexicana de hoy cargan con un peso que parece que les dobla las rodillas en cuanto pisan el césped contra un rival de jerarquía, o incluso contra los vecinos del norte que antes ni nos despeinaban.
¿Qué pasó? Básicamente, perdimos el norte.
Antes, ver la lista de convocados era ilusionante porque sabías que había nombres que pesaban en Europa o que eran leyendas vivientes de la Liga MX. Ahora, honestamente, abres Twitter —o X, como le digan hoy— y la mitad de la afición está pidiendo que corran a todos. No es solo un bache; es un cambio generacional que se quedó a medias. Tenemos talento, sí, pero falta ese "colmillo" que sobraba en las épocas de Cuauhtémoc Blanco o Rafa Márquez.
El fin de la jerarquía y el bache generacional
Si miramos hacia atrás, la columna vertebral del equipo nacional era inamovible. Hoy, los jugadores de la selección mexicana rotan tanto que parece una puerta giratoria. Santiago Giménez es el ejemplo perfecto de esta frustración. El tipo la rompe en la Eredivisie con el Feyenoord, mete goles de todos los colores en Países Bajos, pero se pone la verde y el arco se le cierra. Es rarísimo.
No es que Santi sea malo, para nada. Es que el sistema no lo alimenta.
A diferencia de lo que pasaba con Jared Borgetti, que recibía centros precisos de Ramón Morales, los delanteros actuales tienen que bajar casi hasta el medio campo para tocar el balón. Eso te desgasta. Te mata. Y luego está el tema de la exportación. Nos hemos vuelto cómodos. La Liga MX paga tan bien que muchos futbolistas prefieren quedarse ganando millones en Monterrey o Tigres antes que ir a sufrir y pelear un puesto en un equipo de media tabla en España o Italia.
Esa falta de roce internacional se nota a leguas. Cuando chocas contra tipos que juegan cada ocho días en la Premier League, la velocidad física y mental es otra galaxia.
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Los referentes que se nos fueron
Hablemos de liderazgo. ¿Quién grita ahora? Edson Álvarez intenta ser ese caudillo. "El Machín" tiene la actitud, tiene el recorrido en el West Ham y tiene la personalidad. Pero un líder solo no gana guerras. En los mundiales de los 90 y 2000, tenías líderes en cada línea. Claudio Suárez atrás, Pável Pardo en el centro, y arriba tipos que les importaba poco quién estuviera enfrente.
Hoy, los jugadores de la selección mexicana parecen más preocupados por el marketing y las redes sociales que por morder el polvo en la cancha. Suena duro, pero es la percepción general. La gente está cansada de los comerciales y de los resultados mediocres.
La exportación fallida y el mercado interno
El problema económico es el elefante en la habitación. Un club europeo ve a un joven mexicano con proyección y pregunta el precio. La respuesta de los dueños de clubes en México suele ser una cifra ridícula: 10 o 15 millones de dólares por alguien que apenas tiene 20 partidos en primera. Obviamente, el equipo europeo se va a buscar a un uruguayo o un argentino por la mitad de ese precio y con el mismo potencial.
Esto estanca a los jugadores de la selección mexicana. Se quedan en un ecosistema donde la exigencia es relativa. La multipropiedad y la falta de descenso en la liga local han creado una zona de confort que es veneno puro para el nivel competitivo nacional.
- El precio inflado impide el salto a Europa.
- La falta de competencia real en la Liga MX baja el ritmo.
- El exceso de extranjeros en posiciones clave (delanteros y centrales) tapa a los jóvenes.
Miren el caso de Luis Chávez. Tuvo que pagar su propia cláusula de rescisión para irse a Rusia. ¡Su propia cláusula! Eso te dice todo lo que necesitas saber sobre las trabas que ponen los clubes locales. Chávez quería probarse, quería sentir ese frío europeo y esa presión distinta. Necesitamos más de eso y menos "comodidad regiomontana".
El peso de la portería: ¿Después de Memo, qué?
Guillermo Ochoa ha sido el héroe y el villano de mil historias. Nadie puede negar sus reflejos en los mundiales, pero el recambio generacional en la portería es un tema que quita el sueño. Luis Malagón ha levantado la mano con fuerza en el América, mostrando seguridad y reflejos, pero la sombra de Ochoa es alargada.
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Muchos aficionados se preguntan si realmente estamos preparando a los que siguen. No es solo atajar, es mandar. Un portero de selección tiene que ser el general de la defensa. Julio González de Pumas ha tenido sus momentos, pero a nivel internacional, todavía nos falta ver esa jerarquía que te da la tranquilidad de que, si la defensa falla, hay una muralla atrás.
Los naturalizados: ¿Solución o parche?
Aquí es donde la conversación se pone picante. Julián Quiñones llegó para intentar darle ese "punch" que le faltaba al ataque. Es un jugadorazo, nadie lo duda. Ganó todo con Atlas y América. Pero su integración a los jugadores de la selección mexicana siempre genera debate. Algunos dicen que es el camino fácil; otros, que si tiene el pasaporte y las ganas, bienvenido sea.
La realidad es que, si el producto nacional fuera suficiente, no estaríamos mirando tanto hacia afuera. Históricamente, naturalizados como Gabriel Caballero o "Guille" Franco aportaron, pero nunca fueron la solución definitiva. El éxito real vendrá cuando las fuerzas básicas vuelvan a trabajar como lo hacían hace quince años.
La presión de la prensa y el "Gigante" que ya no es
México ya no es el "Gigante de la Concacaf". Aceptarlo duele, pero es el primer paso para mejorar. Estados Unidos tiene jugadores en el Milan, en el Mónaco, en la Juventus. Canadá tiene a Alphonso Davies. Nosotros seguimos debatiendo si tal jugador debería ser titular porque vende muchas camisetas.
La presión mediática en México es sofocante. Un día eres el nuevo Hugo Sánchez y al siguiente eres un "petardo". Esa montaña rusa emocional afecta a los futbolistas jóvenes. No hay un proceso psicológico serio que los ayude a lidiar con el odio desmedido en las redes.
Para entender el futuro de los jugadores de la selección mexicana, hay que mirar hacia el Mundial 2026. Al ser locales, la presión será el triple. No habrá eliminatorias para foguearse, solo partidos moleros y torneos por invitación. Es un escenario peligroso si no se toma con seriedad.
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¿Qué se puede hacer? No hay fórmulas mágicas, pero sí pasos lógicos.
Lo primero es bajar los precios de salida. Si un chavo destaca, déjalo ir por poco dinero y quédate con un porcentaje de la venta futura. Así ganan todos. Lo segundo es recuperar el ADN de lucha. El jugador mexicano siempre se caracterizó por ser "latoso", por no dejar de correr, por tener técnica individual superior a la media de la región. Eso se está perdiendo por intentar copiar modelos europeos que no encajan con nuestra idiosincrasia.
El talento está ahí. Tú ves a un "Chucky" Lozano cuando está encendido y es imparable. Ves a Johan Vásquez asentado en Italia y te das cuenta de que el central mexicano puede competir. Pero necesitamos que esa sea la norma, no la excepción.
Honestamente, el camino va a ser largo. No esperen que para el próximo verano ya seamos campeones de nada. Pero si se empieza a priorizar lo deportivo sobre el negocio de las taquillas en Texas, quizás los jugadores de la selección mexicana vuelvan a darnos esas alegrías que tanto extrañamos.
Acciones concretas para mejorar el panorama
Para que el nivel de los seleccionados suba de verdad, se deben implementar cambios estructurales que ya funcionan en otros países con menor presupuesto pero mejores resultados. Aquí algunas claves:
- Reducción drástica de plazas de extranjeros: No puedes formar centrales si los 18 equipos de la liga tienen a dos sudamericanos fijos en esa posición.
- Convenios de exportación directa: Alianzas con ligas como la portuguesa o la belga, que sirven de trampolín perfecto antes de llegar a la élite.
- Blindaje emocional: Crear departamentos de psicología deportiva de alto rendimiento que acompañen al jugador desde los 15 años hasta que lleguen al primer equipo nacional.
- Regreso a competiciones de CONMEBOL: Jugar la Copa América y que los clubes vuelvan a la Libertadores. La Concacaf nos queda chica en cuanto a exigencia física y mental, aunque en resultados ya nos hayan alcanzado.
El cambio no vendrá de la directiva de la FMF por arte de magia; vendrá cuando la exigencia del público se centre en lo futbolístico y no solo en el espectáculo. La próxima vez que veas un partido, fíjate en los recorridos defensivos y en la intensidad de las marcas. Ahí es donde se ganan los partidos, y ahí es donde nuestros jugadores tienen que volver a ser los mejores.