La malanga no es precisamente la reina de la belleza en el pasillo de las verduras. Honestamente, parece un tronco seco, marrón y lleno de pelos. Pero si alguna vez has tenido un mal día o un estómago revuelto, sabes que una buena receta crema de malanga es básicamente un abrazo en un tazón. Es curioso porque, aunque en Cuba, Puerto Rico o República Dominicana es un alimento básico, fuera de ahí la gente la confunde con el taro o simplemente la ignora. Gran error.
Es cremosa. Es espesa. Y tiene un sabor que no es tan dulce como el de la batata ni tan neutro como el de la papa. Tiene una personalidad terrosa, como a nuez, que cambia por completo cuando la hierves y la licuas.
Lo que nadie te dice sobre elegir la malanga correcta
No todas las raíces que parecen malanga son iguales. Si vas al supermercado y ves algo etiquetado como "Taro", detente un segundo. Aunque son primos, el taro suele tener notas más florales y a veces puede teñir la comida de un color lila. La malanga blanca (Xanthosoma sagittifolium) es la que buscamos para esta receta. Es la que se vuelve increíblemente suave y aterciopelada sin necesidad de añadirle un galón de crema de leche.
Cuando la compres, apriétala. Si está blanda, déjala ahí. Necesitas que sea firme como una piedra. La piel debe ser velluda, pero sin manchas de moho. Un truco de abuela: si puedes cortarle un pedacito en el extremo y ves que el interior es blanco puro o con puntitos muy finos, tienes oro en las manos. Si está grisácea o amarillenta, vas a terminar con una crema amarga.
La ciencia detrás de la textura
¿Por qué la malanga es mejor que la papa para las cremas? Por el tamaño de sus gránulos de almidón. Son mucho más pequeños. Esto no es solo un dato para ganar un concurso de trivias; significa que tu cuerpo la digiere con una facilidad asombrosa. Por eso es lo primero que se le da a los bebés y lo que los médicos recomiendan cuando tienes una gastritis que no te deja vivir.
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Cómo preparar la receta crema de malanga perfecta sin complicarte la vida
Olvídate de las instrucciones rígidas de los libros de cocina franceses. Esto es cocina de alma. Vas a necesitar un par de libras de malanga, un buen caldo y algo de grasa para darle profundidad.
Primero, pélala. Ten cuidado porque suelta una especie de resina pegajosa que puede irritar un poco la piel si tienes manos sensibles. Córtala en trozos medianos. No tienen que ser perfectos. Nada en la vida es perfecto.
En una olla grande, calienta un chorrito de aceite de oliva o, si quieres el sabor auténtico, una cucharada de mantequilla. Sofríe media cebolla blanca picada y un par de dientes de ajo triturados. No dejes que el ajo se queme. El ajo quemado es el enemigo número uno del sabor delicado de la malanga. Solo queremos que suelten el aroma.
El secreto del caldo
Añade la malanga y cúbrela con caldo. Aquí es donde muchos fallan. Usar agua es un desperdicio de oportunidad. Usa un caldo de pollo casero o un caldo de vegetales con mucha zanahoria y apio. La proporción ideal es que el líquido cubra la raíz unos dos dedos por encima.
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- Cocina a fuego medio hasta que la malanga se desmorone al tocarla con un tenedor.
- No tengas prisa.
- Suele tardar unos 20 o 25 minutos.
- Si el caldo se reduce demasiado, añade un poco más de líquido caliente.
Una vez que esté blanda, apaga el fuego. Deja que repose cinco minutos. Si la metes en la licuadora hirviendo, vas a terminar con la tapa en el techo y un desastre en la cocina. Licúa a máxima potencia. Notarás que se vuelve densa rápidamente. Si te gusta más ligera, añade un poco de leche evaporada o leche de coco. La leche de coco le da un giro tropical que, sinceramente, es de otro planeta.
Nutrición y salud: Más allá del sabor
No es solo comida reconfortante. La malanga es una fuente de energía de bajo índice glucémico. Esto significa que no te va a dar un subidón de azúcar para luego dejarte tirado en el sofá. Según estudios de nutrición en regiones tropicales, la malanga es rica en potasio y magnesio, lo cual es genial para la presión arterial.
Mucha gente cree que por ser un carbohidrato te va a engordar. Error. Al ser tan alta en fibra, te llena mucho más rápido que un plato de pasta blanca. Una porción de esta crema te mantiene satisfecho por horas. Además, no contiene gluten de forma natural, así que es el paraíso para los celíacos que están cansados de comer siempre lo mismo.
Variaciones que deberías probar (o evitar)
Hay quien le pone queso parmesano por encima. No está mal, pero a veces el queso es tan fuerte que opaca el sabor sutil de la malanga. Yo prefiero unos trocitos de pan tostado con ajo o, mejor aún, un poco de tocino crujiente.
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- Opción vegana: Usa aceite de coco y caldo de verduras. Queda igual de cremosa.
- Toque sofisticado: Unas gotas de aceite de trufa al final elevarán el plato a nivel de restaurante de cinco estrellas.
- Lo que NO debes hacer: No le pongas demasiado comino. El comino es invasivo y la malanga es tímida. Se llevan mal.
Si notas que la crema te quedó demasiado espesa al día siguiente (porque la malanga sigue absorbiendo líquido incluso en la nevera), no entres en pánico. Añade un chorrito de leche o caldo mientras la calientas a fuego lento y recuperará su textura original. Es una receta muy noble, aguanta casi cualquier error de principiante.
Pasos finales para una experiencia superior
Para que tu receta crema de malanga sea un éxito total, el emplatado importa. No la sirvas en un plato llano. Usa cuencos profundos que conserven el calor. Un toque de pimienta blanca recién molida es mejor que la negra aquí, porque no deja motas oscuras en esa superficie blanca y pura.
Si tienes invitados, fríe unas láminas muy finas de malanga (chips) y ponlas justo encima en el momento de servir. Ese contraste entre lo crujiente y lo sedoso es lo que separa a un cocinero promedio de alguien que sabe lo que hace.
Próximos pasos para dominar esta receta:
- Consigue malanga fresca: Visita un mercado local o una tienda de productos latinos; evita las que tengan brotes verdes.
- Prepara tu propio caldo: La diferencia entre un caldo de caja y uno hecho con carcasas de pollo y verduras es abismal.
- Experimenta con los lácteos: Prueba una versión con crema agria al final para un toque de acidez que resalte los sabores terrosos.
- Controla la temperatura: Al recalentar, hazlo siempre a fuego bajo y removiendo constantemente para evitar que el fondo se pegue y se queme, lo que arruinaría el color blanco crema.
- Almacenamiento: Puedes congelarla, pero ten en cuenta que la textura puede cambiar ligeramente; lo ideal es consumirla en los primeros tres días tras su preparación para disfrutar de su máxima sedosidad.