Pez diablo: Por qué este invasor acorazado está dominando los ríos de México

Pez diablo: Por qué este invasor acorazado está dominando los ríos de México

Es feo. No hay otra forma de decirlo. Si alguna vez has caminado por la orilla de una presa en Tabasco o has visto videos de pescadores en el Lago de Chapala, seguro te has topado con esa silueta oscura, rígida y llena de espinas que parece sacada de una pesadilla prehistórica. Mucha gente se pregunta exactamente cuál es el pez diablo y por qué, de repente, parece estar en todos lados, desde los canales de riego hasta los grandes ríos caudalosos.

No es un monstruo mitológico, aunque su resistencia lo haga parecer invulnerable. Básicamente, hablamos del Hypostomus plecostomus (y varias especies hermanas del género Pterygoplichthys). En las tiendas de mascotas lo venden como el "limpiapeceras" o "pleco". Es ese pez que se pega al vidrio con una boca de ventosa para comerse las algas. Pero en libertad, el asunto cambia radicalmente. Se vuelve una máquina de guerra biológica que está dejando sin trabajo —y sin comida— a miles de pescadores artesanales.

Honestly, es una tragedia ambiental con piel de lija.

La anatomía de un sobreviviente: ¿Qué es realmente el pez diablo?

Para entender cuál es el pez diablo, primero hay que tocarlo (con cuidado, claro). No tiene escamas normales. Su cuerpo está cubierto por placas óseas, como una armadura medieval que lo protege de casi cualquier depredador natural en las aguas mexicanas. Si un cocodrilo o una garza intenta morderlo, se encuentra con una superficie rígida y punzante que puede dañarles la garganta.

Su origen está en Sudamérica, específicamente en las cuencas del Amazonas y el Orinoco. ¿Cómo llegó aquí? La respuesta corta: nosotros. El comercio de acuarios lo trajo como una solución barata para limpiar tanques. El problema es que la gente se cansa de ellos cuando crecen —y vaya que crecen, alcanzando fácilmente los 40 o 50 centímetros— y terminan liberándolos en ríos o lagunas locales. "Para que sea libre", piensan. Gran error.

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Estos animales son increíblemente resilientes. Pueden sobrevivir fuera del agua durante varias horas gracias a que son capaces de modificar su metabolismo y absorber oxígeno de forma rudimentaria. Si lo dejas en el pasto, ahí seguirá moviéndose mucho tiempo después de que cualquier otro pez hubiera muerto. Esa capacidad de aguante es lo que lo hace tan peligroso para los ecosistemas locales.

Por qué es una pesadilla para los pescadores

El impacto no es solo ecológico; es económico y duele en el bolsillo. En lugares como la Presa Infiernillo, entre Michoacán y Guerrero, el pez diablo pasó de ser una curiosidad a representar el 70% o más de la biomasa capturada. Imagina que sales a pescar tilapia o carpa para mantener a tu familia. Lanzas la red, sientes que pesa muchísimo, te emocionas pensando que es una gran captura y, al sacarla, solo hay cientos de estos peces espinosos.

El daño es doble:

  1. Destrucción de equipo: Sus espinas y placas óseas se enredan de tal forma en las redes de enmalle que, para sacarlos, muchas veces hay que romper la red. Un pescador puede perder todo su equipo de trabajo en una sola mañana.
  2. Desplazamiento de especies: El pez diablo es un competidor voraz. No es que cace a otros peces —es bentónico, vive en el fondo—, pero se come los huevecillos de las especies nativas y arrasa con la vegetación del fondo donde otros peces desovan. Básicamente, les quita la guardería y el buffet.

Además, tienen un hábito muy molesto de cavar túneles. Usan sus bocas y aletas para perforar las paredes de los canales y las orillas de los ríos para anidar. Esto causa erosión y, en zonas agrícolas, puede provocar el colapso de infraestructuras de riego. Es un ingeniero civil del caos.

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Mitos y realidades sobre su toxicidad

Hay una creencia muy difundida en los pueblos ribereños de que el pez diablo es venenoso o que tiene "carne mala". Vamos a desmentir eso de una vez. No es venenoso. Si te pinchas con sus aletas, te va a doler horrores y se te puede infectar la herida porque suelen vivir en zonas con mucho lodo y materia orgánica, pero no hay una toxina activa como la de una raya o un pez escorpión.

¿Se puede comer? Sí. De hecho, expertos de la UNAM y diversas organizaciones ambientales llevan años promoviendo su consumo. Su carne es blanca, firme y tiene un sabor bastante neutro, muy parecido al de la tilapia o el bagre. El problema es el "procesamiento". Filetear un pez diablo es como intentar abrir una caja fuerte con un cuchillo de cocina. Necesitas herramientas serias o mucha técnica para atravesar esa coraza.

En algunos estados ya se fabrica harina de pescado con ellos para alimentar ganado, o se venden filetes bajo nombres más "atractivos" comercialmente. Aun así, el estigma visual es fuerte. Nadie quiere ver a ese "demonio" en su plato, aunque por dentro sea pura proteína de alta calidad.

El control biológico: ¿Hay esperanza?

A estas alturas, erradicarlo es prácticamente imposible. Se reproduce demasiado rápido y se adapta a aguas con poco oxígeno donde otros peces simplemente mueren. La estrategia ha pasado de "intentar eliminarlo" a "aprender a vivir con él y explotarlo".

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Científicos como el Dr. Constantino Macías García, del Instituto de Ecología de la UNAM, han estudiado cómo estas invasiones alteran la cadena trófica. La falta de depredadores naturales en México es el factor clave. En el Amazonas, las nutrias gigantes o ciertos caimanes se los comen sin problemas, pero aquí, nuestra fauna local no sabe muy bien qué hacer con este tanque con aletas.

¿Qué se está haciendo actualmente?

  • Torneos de pesca: En Tabasco y Chiapas se organizan eventos donde el objetivo es sacar la mayor cantidad de kilos posible de pez diablo. Es una forma de control poblacional, aunque sea una gota en el océano.
  • Aprovechamiento industrial: Se están probando prototipos para usar su piel —que es extremadamente resistente— en la industria de la marroquinería. Sí, podrías terminar usando botas de "cuero de pez diablo".
  • Proyectos gastronómicos: Chefs en Ciudad de México han empezado a experimentar con el pez, buscando darle un valor gourmet que incentive su pesca masiva.

Qué hacer si te encuentras uno

Si vas de pesca o estás cerca de un cuerpo de agua y sacas uno, lo más importante es no devolverlo vivo al agua. Suena cruel, pero cada ejemplar que regresa al río es un clavo más en el ataúd de la biodiversidad local. Muchos pescadores los dejan en la orilla para que las aves carroñeras intenten hacer algo, aunque incluso los zopilotes a veces le hacen el feo debido a la dureza de su piel.

Tampoco intentes tenerlo en una pecera a menos que tengas un tanque de al menos 300 litros y estés dispuesto a cuidarlo por 10 o 15 años. Y por lo que más quieras, si ya no lo quieres, no lo tires al drenaje ni al río cercano. Esa es exactamente la razón por la que estamos en este lío.

Pasos a seguir para manejar la situación:

Si eres pescador o vives en una zona afectada, considera estas rutas de acción:

  1. Explora el mercado de la harina: Contacta a cooperativas locales que estén procesando el pescado para alimento animal. Es mejor venderlo por centavos que perder la red por nada.
  2. Aprende a filetear: Hay tutoriales específicos que enseñan cómo entrar por el vientre (la única zona blanda) para extraer los lomos. Es carne limpia y libre de las hormonas que a veces tiene el pescado de granja.
  3. Reporta nuevas avistamientos: Si detectas al pez diablo en un cuerpo de agua donde antes no había, avisa a las autoridades ambientales locales (CONANP o SEMARNAT). La detección temprana es la única forma de evitar que una laguna se pierda por completo.
  4. Conciencia ciudadana: Si conoces a alguien con un acuario, explícale el riesgo. La educación es más barata que cualquier programa de remediación ambiental.

El pez diablo no es malo por elección; es simplemente un animal extremadamente eficiente en un lugar que no estaba preparado para él. La responsabilidad de equilibrar la balanza ahora recae totalmente en nosotros, ya sea a través del consumo, la industria o la gestión responsable de nuestras mascotas. Al final del día, entender cuál es el pez diablo es el primer paso para dejar de tenerle miedo y empezar a tratarlo como el recurso —o el problema— que realmente es.