A veces el cuerpo simplemente dice basta. No es una pataleta. No es rebeldía adolescente tardía. Es ese momento exacto en el que miras el blíster de pastillas sobre la mesa de noche y piensas: no quiero tomar una mierda. Esa frase, cruda y directa, es el grito de guerra de miles de personas que lidian con enfermedades crónicas, depresión, ansiedad o simplemente con una salud pública que a veces parece una cadena de montaje de farmacia.
La polifarmacia es un problema real. No es algo que me esté inventando para sonar dramático. Según datos de la OMS y diversos estudios de salud pública en España y Latinoamérica, un porcentaje altísimo de la población mayor de 65 años toma más de cinco medicamentos diarios. Pero esto ya no es solo cosa de abuelos. Jóvenes con fatiga crónica o trastornos de salud mental están llegando al mismo muro psicológico. Se sienten sobremedicados. Se sienten como un experimento químico andante.
La fatiga del tratamiento y por qué tu cerebro se rebela
¿Te ha pasado que el simple hecho de tragar una cápsula te genera náuseas físicas? Eso tiene nombre: fatiga del tratamiento. Es un fenómeno documentado donde el paciente, después de meses o años de seguir un régimen estricto, desarrolla una aversión psicológica profunda. No es que no quieras curarte. Es que el proceso de "curación" se ha vuelto tan invasivo que erosiona tu identidad.
Honestly, es agotador. Cada pastilla es un recordatorio de que algo "está mal" en ti.
Cuando alguien dice no quiero tomar una mierda, a menudo se le tacha de irresponsable o "no adherente" al tratamiento. Los médicos odian esa palabra, "incumplimiento". Pero rara vez se detienen a preguntar qué hay detrás. ¿Son los efectos secundarios? ¿Es el precio? ¿O es simplemente el deseo humano de recuperar la autonomía sobre el propio organismo? La doctora Joan Busfield, socióloga experta en salud, ha escrito extensamente sobre cómo la medicina moderna tiende a "medicalizar" la vida cotidiana, convirtiendo procesos normales de tristeza o cansancio en patologías que requieren una solución química inmediata.
El estigma de mandar todo a la porra
Existe una presión social enorme por ser el "paciente perfecto". Debes sonreír, ir a terapia, hacer yoga y, por supuesto, no saltarte ni una dosis de ese antidepresivo que te deja la boca seca y la libido por los suelos. Romper con eso es tabú.
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Pero hablemos de la realidad de los efectos adversos. No son solo una lista de letras pequeñas en un prospecto que nadie lee. Son experiencias vividas. El aumento de peso, el embotamiento cognitivo, los temblores o el insomnio crónico son razones legítimas para que alguien diga que no quiere seguir por ese camino. No es una decisión irracional. Es un análisis de costo-beneficio que el paciente hace en su cabeza cada mañana.
¿Qué pasa cuando dejas de tomar "la mierda" de golpe?
Aquí es donde la cosa se pone seria y hay que tener cuidado. La frase no quiero tomar una mierda suele ir acompañada de un acto impulsivo: tirar las pastillas por el váter.
Pésima idea.
Si hablamos de psicofármacos, como las benzodiazepinas o los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina), el síndrome de abstinencia puede ser un infierno. No es broma. El cerebro se ha acostumbrado a una muleta química. Si se la quitas de golpe, el sistema nervioso colapsa. Aparecen los famosos "brain zaps" (esas descargas eléctricas en la cabeza), vértigo, una irritabilidad que te hace querer gritarle a las nubes y, en casos graves, convulsiones.
- La descontinuación debe ser siempre gradual.
- Necesitas un protocolo de reducción de daños.
- Tu médico tiene que saberlo, aunque te dé miedo que te juzgue.
Incluso si sientes que el tratamiento no te está ayudando, el cuerpo necesita tiempo para recalibrarse. Cortar por lo sano es, irónicamente, la forma más rápida de acabar sintiéndote diez veces peor de lo que estabas antes de empezar.
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Alternativas reales y la gestión de la autonomía
¿Hay vida más allá del fármaco? Sí, pero no es el camino fácil que te venden los gurús del bienestar en Instagram con sus zumos verdes.
La medicina integrativa no trata de sustituir la ciencia por cristales mágicos, sino de mirar al paciente como un todo. A veces, el no quiero tomar una mierda es una señal de que necesitas otros apoyos: terapia de aceptación y compromiso (ACT), cambios radicales en el entorno laboral, o simplemente abordar una deficiencia nutricional que nadie se molestó en mirar porque era más rápido recetar una pastilla para dormir.
Expertos como el Dr. Peter Gøtzsche, cofundador de la Colaboración Cochrane, han sido muy críticos con el uso excesivo de ciertos medicamentos, especialmente en psiquiatría. Él aboga por un consentimiento informado real, donde el paciente sepa exactamente a qué se expone. Si decides que no quieres tomar nada, esa decisión debería ser respetada y acompañada de un plan de seguimiento profesional, no de un abandono médico.
El derecho a decir que no
Legal y éticamente, tienes derecho a rechazar un tratamiento. En muchos países, la Ley de Autonomía del Paciente te respalda. No eres un niño bajo la tutela de un médico-padre. Eres un adulto tomando decisiones sobre tu propia biología.
A veces, el hartazgo viene de la sensación de que el médico no te escucha. Vas a consulta, le dices que la pastilla te hace sentir como un zombi, y él simplemente te sube la dosis o la cambia por otra igual de fuerte. Es frustrante. Kinda desesperante, la verdad. En ese contexto, el rechazo a la medicación es una forma de protesta, una manera de decir: "Mírame a mí, no a mi analítica".
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Pasos a seguir si ya no puedes más
Si estás en ese punto de saturación total, no actúes desde la rabia del momento. Es mejor ser estratégico para no acabar en urgencias.
En primer lugar, identifica qué es exactamente lo que odias. ¿Es el ritual de tomarla? ¿Es un efecto secundario específico? ¿Es que sientes que no te hace nada? Ponle nombre al enemigo. A veces, cambiar el horario de la toma o la presentación (líquido en vez de pastilla) reduce drásticamente la fricción psicológica.
En segundo lugar, busca una segunda opinión, pero no una cualquiera. Busca a alguien que se especialice en "deprescripción". Sí, es una rama real de la medicina que se dedica a quitar medicamentos de forma segura cuando ya no son necesarios o cuando el daño supera al beneficio.
Por último, construye una red de seguridad. Si vas a dejar algo, asegúrate de que tus amigos o familiares sepan qué está pasando. Los cambios químicos en el cerebro pueden alterar tu percepción de la realidad y necesitas gente que te sirva de ancla.
No quiero tomar una mierda es un sentimiento válido. Es el inicio de una conversación necesaria sobre la salud humanizada, el respeto al cuerpo y los límites de la intervención farmacológica en nuestra felicidad. No te sientas culpable por sentirlo, pero no dejes que el impulso te ponga en peligro. La salud es tuya, no del laboratorio que fabrica las pastillas.
Pasos accionables para recuperar el control
- Auditoría de efectos secundarios: Escribe una lista honesta de cómo te sientes físicamente y mentalmente 2 horas después de la toma. Si el impacto negativo es constante, llévale esa lista a tu especialista. No aceptes un "es normal" como respuesta si te está arruinando la calidad de vida.
- Solicita un plan de deprescripción: En lugar de dejarlo solo, pide a tu médico un calendario de reducción gradual. Si se niega en redondo sin dar argumentos sólidos, considera buscar un profesional con un enfoque más colaborativo.
- Prioriza el soporte no farmacológico: Antes de reducir dosis, refuerza tu sistema de apoyo (terapia, ejercicio adaptado, higiene del sueño radical). Necesitas que el "suelo" sea blando antes de quitarte los zapatos.
- Reclama tu autonomía informativa: Lee estudios independientes sobre tu medicación en fuentes como PubMed o la base de datos Cochrane. El conocimiento disminuye la sensación de ser una víctima del tratamiento y te permite negociar como un igual con tu equipo médico.