Portugal ya no es esa "cenicienta" talentosa que jugaba bonito pero siempre se quedaba a las puertas de la gloria. Ya no. La realidad actual de la selección de Portugal es la de una potencia asfixiante, un equipo que, sobre el papel, tiene nombres suficientes para armar dos plantillas capaces de ganar la Eurocopa o pelear un Mundial. Pero, ¿por qué a veces parece que les cuesta tanto encajar las piezas? Es curioso. Tienes a Bernardo Silva, Bruno Fernandes, Rafael Leão y, por supuesto, la sombra eterna de Cristiano Ronaldo, y aun así el debate nacional en Lisboa no es sobre si ganarán, sino sobre cómo demonios deberían jugar.
Históricamente, el fútbol portugués vivía de destellos. Eusébio en el 66 o la "Generación de Oro" de Luís Figo y Rui Costa en los 90. Esos equipos eran románticos. Casi trágicos. Te enamoraban con un fútbol de seda pero les faltaba ese "colmillo" competitivo que Alemania o Italia tenían de sobra. Todo eso cambió en 2016. Ganar la Eurocopa en Francia, con aquel gol agónico de Éder, rompió el maleficio. Fue un punto de inflexión psicológico. Desde entonces, la selección de Portugal ha dejado de ser un invitado de lujo para convertirse en un protagonista obligado, aunque esa transición ha traído consigo una crisis de identidad táctica que todavía estamos analizando hoy en 2026.
El dilema post-Fernando Santos y la era Roberto Martínez
Hablemos claro. Fernando Santos fue un héroe nacional, pero su estilo era, siendo generosos, conservador. Casi rácano. Tenía un Ferrari en el garaje y lo conducía a 40 por hora por miedo a rayar la pintura. El cambio a Roberto Martínez buscaba precisamente soltar el freno de mano. El técnico español llegó con la promesa de un fútbol más expansivo, aprovechando que Portugal ahora mismo produce laterales que parecen extremos y centrocampistas que ven pases donde el resto vemos muros de hormigón.
¿Ha funcionado? A medias.
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En las fases de clasificación, la selección de Portugal suele ser una trituradora de carne. Ganan, golean y no reciben goles. Pero cuando llega la hora de la verdad contra las grandes potencias, aparecen las costuras. El problema no es la falta de calidad. Es el exceso. Cuando tienes a tantos jugadores que quieren el balón al pie, el juego corre el riesgo de volverse horizontal y previsible. Roberto Martínez ha intentado implementar un sistema de tres centrales que por momentos parece darle libertad a João Cancelo y Nuno Mendes, pero la dependencia de un eje central creativo a veces ralentiza las transiciones defensivas.
Es una cuestión de equilibrio. No puedes jugar con cinco "dieces". O bueno, puedes, pero te expones a que selecciones como Francia o Inglaterra te maten a la contra.
La gestión del ego y el factor CR7
No podemos ignorar al elefante en la habitación. Cristiano Ronaldo. Su impacto en la selección de Portugal es algo que ningún otro país ha experimentado con un solo jugador. Es el máximo goleador histórico del fútbol de selecciones, un tótem. Pero el tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a los que se cuidan como si fueran máquinas biológicas.
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Honestamente, la integración de Ronaldo en el esquema actual es el mayor rompecabezas táctico del fútbol moderno. Si juega, el equipo se condiciona a centrar y buscarle en el área. Si no juega, el ataque es más fluido, más móvil, pero pierdes ese miedo reverencial que los defensas rivales sienten solo con ver el número 7 en el campo. Es una paradoja constante. Jugadores como Gonçalo Ramos o Diogo Jota ofrecen una presión alta que Cristiano ya no puede sostener los 90 minutos, pero ¿quién tiene el valor de dejar en el banquillo al hombre que cambió la mentalidad de todo un país?
El motor silencioso: Vitinha y Palhinha
Mientras todo el mundo mira a la delantera, el verdadero éxito de la selección de Portugal se cocina en el círculo central. Si hay algo que define el fútbol luso actual es la calidad de sus "volantes".
- João Palhinha: Es el ancla. Sin él, el equipo se parte en dos. Es ese jugador que hace el trabajo sucio para que los artistas puedan pintar. Su capacidad para recuperar balones es, sencillamente, de las mejores de Europa.
- Vitinha: Se ha convertido en el metrónomo. Su capacidad para girar bajo presión y encontrar líneas de pase rompe bloques bajos. Es el heredero natural de esa pausa que antes daba Joao Moutinho, pero con una marcha más de velocidad.
El mito de la formación portuguesa
Mucha gente se pregunta cómo un país de apenas 10 millones de habitantes produce tanto talento de élite. No es casualidad. Las academias del Benfica (Seixal), Sporting de Portugal (Alcochete) y Oporto son fábricas de exportación. Lo que realmente diferencia a la selección de Portugal es que sus jugadores salen al extranjero muy jóvenes. Bernardo Silva a Mónaco, Rúben Dias al City, Bruno al Udinese (aunque explotó más tarde). Esa exposición temprana a ligas más competitivas les da una madurez táctica que otros países con ligas locales fuertes no logran desarrollar tan rápido.
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La formación en Portugal no solo se enfoca en la técnica. Se enfoca en la competitividad. En saber sufrir. Esa mezcla de "fado" (melancolía y resiliencia) con el profesionalismo moderno es lo que hace que este equipo sea tan peligroso en torneos cortos.
Qué esperar en el corto plazo
Mirando hacia los próximos compromisos internacionales, el reto de la selección de Portugal es consolidar una defensa que, tras la retirada de figuras como Pepe, ha quedado algo huérfana de liderazgo veterano. Rúben Dias es el jefe, de eso no hay duda, pero encontrarle una pareja de baile que sea igual de sólida y que no sufra a la espalda es la prioridad de Martínez. António Silva e Inácio son el futuro, pero la jerarquía en un Mundial o una Eurocopa se paga cara si no tienes experiencia.
Otro punto clave es la efectividad de Rafael Leão. Es, probablemente, el jugador más desequilibrante del mundo en el uno contra uno cuando tiene el día. Pero su irregularidad desespera. Si Portugal logra que Leão sea constante, se vuelven imparables por banda izquierda.
Para entender realmente hacia dónde va este equipo, hay que dejar de compararlos con la generación de 2016. Aquel era un equipo de obreros con un arquitecto estrella. El equipo actual es un estudio de arquitectura lleno de genios que a veces se olvidan de poner los ladrillos. El éxito dependerá de si Roberto Martínez es capaz de convencer a sus estrellas de que, a veces, menos es más. Menos toques, más profundidad. Menos nombres, más sistema.
Pasos para seguir la evolución del equipo:
- Analizar el mapa de calor de Bruno Fernandes: Si Bruno baja demasiado a recibir al nivel de los centrales, Portugal pierde su pegada entre líneas. Su posición es el termómetro del equipo.
- Vigilar la rotación en la delantera: Observar si en los partidos de máxima exigencia Martínez opta por la movilidad o por la referencia fija en el área. Esto definirá la identidad del equipo en las grandes citas.
- Seguir el desarrollo de los laterales: En el sistema portugués, los laterales son prácticamente extremos. Su estado físico y su capacidad de repliegue dictan si el equipo es equilibrado o un suicidio táctico.
La selección de Portugal tiene todo para dominar la próxima década. El talento está ahí, la infraestructura está ahí y el hambre competitiva no ha desaparecido. Solo falta que el ruido externo se apague y el fútbol hable por sí solo en el césped.