Seamos sinceros. Si miras el mapa y ves la población de China, lo lógico sería pensar que tienen once tíos capaces de ganar un Mundial. O al menos de clasificarse habitualmente. Pero la realidad de la selección de fútbol de China es, básicamente, una de las mayores frustraciones del deporte moderno. No es falta de dinero. No es falta de estadios. Es un nudo de burocracia, presión cultural y decisiones técnicas que parecen sacadas de una comedia de enredos.
China solo ha ido a un Mundial. Fue en 2002. No marcaron ni un solo gol. Perdieron los tres partidos. Desde entonces, el camino ha sido un desierto.
El drama de las expectativas vs. la realidad
Mucha gente cree que el problema es que a los chinos no les gusta el fútbol. Mentira. Los estadios de la Superliga China (CSL) se llenaban y las audiencias de la Premier League en el país son brutales. El asunto es que la selección de fútbol de China, conocida popularmente como el Team China o los Dragones, carga con un peso político que asfixia a los jugadores.
Cuando el presidente Xi Jinping dijo que quería que China organizara y ganara un Mundial para 2050, el dinero empezó a caer del cielo. Se construyeron academias masivas como la de Guangzhou Evergrande. Trajeron a Marcello Lippi. Pagaron sueldos astronómicos a jugadores brasileños para que se nacionalizaran. ¿El resultado? Un caos.
Honestamente, ver jugar a la selección nacional a veces es doloroso. Los jugadores parecen tener miedo a cometer errores. En la cultura deportiva china, el fracaso se castiga con una crítica mediática feroz. Eso mata la creatividad. Si tienes miedo de fallar un pase de 40 metros, acabas dando un pase de dos metros hacia atrás. Así no se ganan partidos internacionales.
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¿Qué pasó con los nacionalizados?
Hubo una época, hace apenas unos años, donde la selección de fútbol de China parecía una sucursal del Brasileirão. Elkeson (Ai Kesen), Ricardo Goulart, Alan... nombres que en teoría iban a cambiar la historia. Fue un experimento carísimo y, siendo realistas, bastante fallido.
Goulart incluso regresó a Brasil sin haber jugado un minuto oficial porque la FIFA no validó su elegibilidad. Elkeson puso voluntad, pero se encontró solo en un sistema táctico que no generaba ocasiones. No puedes comprar una identidad futbolística con un pasaporte y un fajo de billetes. El fútbol es más complejo que eso. Necesita química. Necesita un proceso de formación que China ha intentado saltarse con atajos.
La corrupción que casi mata al equipo
No podemos hablar de la selección de fútbol de China sin mencionar la limpieza que hubo hace poco. Fue un escándalo total. Li Tie, el que fuera seleccionador nacional y exjugador del Everton, acabó confesando en televisión nacional que pagó sobornos para ser el entrenador y que amañó partidos.
Imagínate el impacto. El tipo que debía liderar al equipo hacia Qatar 2022 estaba metido en una red de corrupción que llegaba hasta lo más alto de la Asociación China de Fútbol (CFA). Chen Xuyuan, el expresidente de la federación, fue condenado a cadena perpetua. Es difícil que los jugadores se dejen la piel en el campo cuando saben que los despachos están podridos. Esto ha generado una desconexión total con la afición, que ahora prefiere ver el baloncesto o los eSports.
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El factor juvenil: donde todo se rompe
El problema de raíz está en la base. En China, si eres un niño de 12 años y eres bueno en algo, tus padres probablemente prefieran que estudies 14 horas al día para el Gaokao (el examen de acceso a la universidad) antes que mandarte a una academia de fútbol.
- El sistema escolar no integra el deporte de competición.
- Faltan entrenadores de base cualificados.
- La presión por resultados inmediatos destruye el talento joven.
Branko Ivankovic, el actual técnico, se enfrenta a un equipo envejecido. Los veteranos como Wu Lei siguen siendo los únicos que generan algo de peligro. Wu Lei triunfó un poco en el Espanyol, pero fuera de él, el talento chino apenas exporta nada a Europa. Y si no compites en las ligas top, el nivel de la selección nacional se estanca.
El camino al Mundial 2026: ¿Hay esperanza?
Con la expansión a 48 equipos, la selección de fútbol de China tiene una oportunidad de oro. Asia tiene más plazas. Pero el inicio de las eliminatorias fue un desastre, incluyendo una derrota humillante contra Japón que dejó claro que la brecha con las potencias asiáticas, en lugar de cerrarse, se está abriendo.
Para competir con Japón, Corea del Sur o incluso Australia, China necesita dejar de buscar "soluciones mágicas". Ya no vale con fichar a un seleccionador europeo de renombre y darle 20 millones de dólares. Se trata de paciencia. El fútbol japonés tardó 30 años en ser lo que es hoy. China quiere resultados en tres meses. Esa prisa es su mayor enemigo.
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Técnicamente, el jugador chino no es malo. Son disciplinados y físicamente fuertes. Pero el fútbol es un juego de toma de decisiones rápidas bajo presión. Y ahí es donde el sistema educativo y deportivo del país falla. No se fomenta la toma de decisiones individual, sino la obediencia al plan. En el campo, cuando el plan falla, el equipo colapsa.
Acciones necesarias para el cambio real
Si realmente quieren dejar de ser el hazmerreír de las redes sociales asiáticas, la estructura tiene que cambiar desde abajo. No es una cuestión de dinero, sino de filosofía.
- Exportación masiva de talento: Tienen que mandar a sus mejores sub-18 a ligas secundarias de Europa (Bélgica, Países Bajos, Portugal). Que aprendan a vivir el fútbol profesional de verdad, lejos de la burbuja de cristal de Pekín o Shanghái.
- Independencia de la CFA: La federación necesita menos políticos y más gente de fútbol. Menos burocracia y más césped.
- Reformular la Superliga: Tras el colapso financiero de clubes como el Jiangsu Suning, la liga debe ser sostenible. Equipos que no dependan del capricho de una inmobiliaria que puede quebrar mañana.
- Incentivos reales para el fútbol escolar: Que jugar al fútbol ayude a entrar en la universidad, igual que pasa en Estados Unidos.
La selección de fútbol de China sigue siendo un gigante en potencia, pero un gigante que tropieza con sus propios cordones. El talento está ahí, escondido entre 1.400 millones de personas, esperando a que alguien deje de ver el deporte como una herramienta de propaganda y empiece a verlo como lo que es: un juego que requiere libertad, riesgo y, sobre todo, mucho tiempo.
A corto plazo, la clasificación para el próximo Mundial parece un sueño lejano si no hay una mejora drástica en la solidez defensiva y en la confianza mental del bloque. El fútbol no perdona la falta de proyecto, y China lleva demasiado tiempo cambiando de dirección cada vez que sopla el viento.