Seamos sinceros. Si hace diez años alguien te decía que la selección de fútbol de Bélgica iba a pasar casi una década en el número uno del ranking FIFA sin ganar absolutamente nada, probablemente te habrías reído. O al menos, habrías pedido una explicación lógica. Es raro. Muy raro. Tienes a Kevin De Bruyne, que ve pases que el resto de los mortales solo vemos en repeticiones a cámara lenta. Tienes a Eden Hazard en su "prime", a Romelu Lukaku rompiendo récords de goleo y a Thibaut Courtois siendo un muro. Y aun así, las vitrinas en Bruselas siguen acumulando el mismo polvo de siempre.
No es falta de talento. Nunca lo fue.
Bélgica es un país dividido por el idioma y la cultura, pero el fútbol logró algo que la política no pudo: unir a flamencos y valones bajo una misma bandera roja. Sin embargo, esa unidad no bastó para superar la barrera de las semifinales en los momentos clave. La historia de los "Diablos Rojos" es, en esencia, la historia de una oportunidad perdida que todavía nos duele a los que amamos el buen fútbol.
El ascenso meteórico y el peso de las expectativas
A finales de los 2000, la selección de fútbol de Bélgica estaba en la miseria. No clasificaron a la Euro 2004, ni al Mundial 2006, ni a la Euro 2008, ni al Mundial 2010. Básicamente, eran irrelevantes. Pero mientras el mundo no miraba, la Real Federación Belga de Fútbol (RBFA) estaba ejecutando un plan maestro de formación de jóvenes inspirado en el modelo francés y holandés.
Michel Sablon fue el arquitecto. Él convenció a los clubes de todo el país para que jugaran un sistema 4-3-3 uniforme, priorizando la técnica individual sobre el físico. Funcionó. Vaya si funcionó.
Para cuando llegó el Mundial de Brasil 2014, el mundo se dio cuenta de que algo estaba pasando. Kompany lideraba la defensa con una autoridad casi imperial. Fellaini era un caos táctico que funcionaba. Mertens y Hazard eran pura electricidad. Perdieron contra la Argentina de Messi en cuartos, pero la sensación era de: "Cuidado, que estos chicos vienen con todo". El problema es que el fútbol no espera a nadie. Las ventanas de éxito son cortas, mucho más de lo que los analistas creen cuando ven a un grupo de veinteañeros talentosos.
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Rusia 2018: El pico más alto de los Diablos Rojos
Si buscas el momento exacto en que la selección de fútbol de Bélgica estuvo más cerca de la gloria, es esa noche en Kazán contra Brasil. Fue una exhibición táctica de Roberto Martínez. Poner a Lukaku en la banda derecha para destrozar a Marcelo fue una genialidad que nadie vio venir. Ese 2-1 fue la confirmación de que Bélgica ya no era una "promesa". Era una realidad.
Pero luego llegó Francia.
Esa semifinal fue frustrante. Bélgica tuvo la posesión, tuvo las ocasiones, pero se topó con un bloque defensivo francés que parecía de hormigón y un cabezazo de Umtiti que liquidó el sueño. Courtois dijo después que Francia "no jugó a nada", una frase cargada de la rabia que siente alguien que sabe que es mejor pero que ha perdido. Fue el principio del fin de la narrativa de la "Generación de Oro".
A partir de ahí, la presión se volvió asfixiante. Ser el número uno del ranking mundial durante 1.289 días consecutivos (entre 2018 y 2022) se convirtió en un meme más que en un orgullo. ¿De qué sirve ser el mejor en los papeles si no tienes el metal en la mano?
El colapso en Qatar y el lío interno
Lo que pasó en el Mundial de 2022 fue, básicamente, un reality show de mal gusto. La selección de fútbol de Bélgica llegó vieja. Las piernas de Jan Vertonghen y Toby Alderweireld ya no seguían el ritmo de los delanteros de élite. Pero el colapso no fue solo físico; fue mental y social.
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De Bruyne soltó aquella bomba en plena fase de grupos: "Somos demasiado viejos para ganar". Imagina ser un compañero de equipo y leer eso en la prensa. La química se rompió. Hubo rumores de peleas en el vestuario, de jugadores que no se hablaban desde hacía años. La eliminación en primera ronda tras un empate amargo contra Croacia —donde Lukaku falló lo que nunca falla— fue el funeral oficial de una era.
La salida de Roberto Martínez marcó un antes y un después. Martínez fue un gran embajador y un constructor de cultura, pero muchos le critican que nunca tuvo un "Plan B" defensivo cuando sus centrales estrella empezaron a perder velocidad. Se aferró a sus vacas sagradas hasta que el barco se hundió.
Domenico Tedesco y la reconstrucción forzosa
Ahora estamos en una fase extraña. La selección de fútbol de Bélgica actual ya no genera ese miedo reverencial de hace cinco años, pero sigue teniendo piezas que cualquier país envidiaría. Domenico Tedesco llegó con una escoba nueva. Quiere presionar alto, quiere transiciones rápidas y, sobre todo, quiere caras nuevas.
Amadou Onana en el medio es un animal físico. Jeremy Doku es, probablemente, el regateador más puro y caótico que ha dado el país en décadas. Johan Bakayoko tiene una pinta increíble. El problema es que la transición ha sido accidentada.
Lo de Thibaut Courtois es el ejemplo perfecto del caos. Que el mejor portero del mundo renuncie a jugar con su selección por un lío de capitanía y respeto con el entrenador es algo que solo pasa en las novelas o en Bélgica. Es una pérdida irreparable para el equipo. Sin Courtois, la defensa belga se siente mucho más humana, mucho más vulnerable.
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¿Qué sigue para los Diablos Rojos?
Bélgica está atrapada entre dos tierras. Ya no son los favoritos indiscutibles, pero tampoco son un equipo pequeño al que puedas ignorar. La dependencia de Kevin De Bruyne sigue siendo total; cuando él no está, el equipo parece perder la brújula, buscando a alguien que invente un espacio donde no lo hay.
Para que la selección de fútbol de Bélgica vuelva a competir por títulos, necesita resolver tres cosas urgentes:
- La jerarquía del vestuario: Tedesco necesita líderes que no se peleen por un brazalete. La salida de Hazard y la ausencia de Courtois han dejado un vacío de poder que Lukaku y De Bruyne deben llenar con madurez, no con quejas.
- La defensa central: Encontrar sucesores fiables para la dupla Alderweireld-Vertonghen es la tarea más difícil. Tienen laterales interesantes, pero el centro de la zaga sigue siendo el talón de Aquiles.
- Gestión de la presión: Tienen que aceptar que ya no son la "Generación de Oro". Quitarse esa etiqueta puede ser liberador. Jugar como el "underdog" que sorprende, en lugar del gigante obligado a ganar, les sentaría de maravilla.
El fútbol belga no ha muerto, ni mucho menos. Siguen produciendo talento a un ritmo asombroso para un país de 11 millones de personas. Pero la lección de la última década es clara: el talento te lleva a la cima del ranking, pero la resiliencia y la gestión de egos son los que te dan los trofeos.
Para seguir de cerca la evolución de la selección de fútbol de Bélgica en los próximos torneos, enfócate en estos puntos clave:
- Monitorea la integración de jóvenes: Mira cuántos minutos reciben jugadores como Arthur Vermeeren o Zeno Debast en sus clubes europeos; ellos son la base de la defensa del futuro.
- Sigue el estado de forma de Romelu Lukaku: A pesar de las críticas, sigue siendo el máximo goleador histórico por una distancia abismal y su presencia física es insustituible en el esquema belga.
- Analiza los esquemas tácticos de Tedesco: Observa si el equipo logra ser menos dependiente de la posesión larga y más efectivo en el contragolpe, aprovechando la velocidad punta de sus nuevos extremos.
- Atención a las declaraciones post-partido: En este equipo, lo que se dice ante los micrófonos suele ser tan importante como lo que pasa en el campo para entender la salud del grupo.
Bélgica ya no es el equipo de los cromos brillantes y las expectativas infinitas. Es un equipo en busca de una nueva identidad. Y quizás, solo quizás, esa falta de reflectores sea exactamente lo que necesitan para finalmente dar la sorpresa que el mundo lleva esperando desde 2014.