La relación entre Estados Unidos y Venezuela es un desastre fascinante. No hay otra forma de decirlo. Si intentas seguir la cronología de los últimos años, te vas a encontrar con un laberinto de decretos presidenciales, negociaciones secretas en islas del Caribe y un vaivén de licencias petroleras que harían que a cualquier analista le estalle la cabeza.
A veces parece una partida de ajedrez. Otras veces, simplemente se siente como dos vecinos que se gritan por la cerca mientras uno le debe dinero al otro.
Honestamente, lo que la mayoría de la gente no entiende es que esto ya no se trata solo de ideología. Ya no estamos en los tiempos de la Guerra Fría ni en los discursos incendiarios de principios de los 2000. Ahora todo gira en torno a tres pilares muy concretos: el flujo de crudo pesado hacia las refinerías del Golfo de México, la presión migratoria en la frontera sur de EE. UU. y la influencia de China y Rusia en el patio trasero de Washington.
Es complicado. Mucho.
El factor Chevron y el mito del bloqueo total
Muchos creen que hay un muro impenetrable entre Caracas y Washington. Falso. Si bien es cierto que las sanciones impuestas bajo la administración de Donald Trump (especialmente la Orden Ejecutiva 13884) buscaron asfixiar económicamente al gobierno de Nicolás Maduro, la realidad actual es mucho más pragmática.
Aquí entra en juego la famosa Licencia General 41.
Gracias a este permiso del Departamento del Tesoro, el gigante energético Chevron ha podido seguir operando en suelo venezolano. No es por caridad. Las refinerías en Texas y Luisiana fueron diseñadas específicamente para procesar el crudo pesado que sale de la Faja del Orinoco. Sin ese petróleo, esas plantas pierden eficiencia. Básicamente, Estados Unidos y Venezuela mantienen un cordón umbilical energético que ni las sanciones más severas han podido cortar del todo.
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¿El resultado? Un flujo constante de barriles que ayuda a mantener los precios de la gasolina en niveles aceptables para el votante estadounidense, mientras Maduro recibe un respiro financiero que le permite mantenerse a flote. Es un baile incómodo donde nadie quiere admitir que necesita al otro, pero los números en las hojas de Excel dicen lo contrario.
Barbados y el fracaso de las promesas
El Acuerdo de Barbados fue el gran momento de esperanza en 2023. Se suponía que sería el punto de inflexión. Estados Unidos levantó temporalmente sanciones al sector del oro y el petróleo a cambio de garantías electorales. Parecía que íbamos por buen camino.
Pero el optimismo duró poco.
Cuando el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela ratificó la inhabilitación de María Corina Machado, el tablero voló por los aires. Washington reaccionó reinstaurando algunas sanciones (como la Licencia 44), pero con un tono mucho más cauteloso de lo esperado. ¿Por qué? Porque la Casa Blanca sabe que si aprieta demasiado la tuerca, el flujo migratorio aumenta. Si la economía venezolana colapsa por completo, más personas cruzan el Darién. Es un dilema de política interna para Biden: o castiga a Maduro y arriesga una crisis en la frontera, o tolera al chavismo y proyecta debilidad frente a los republicanos en Florida.
La sombra de China y Rusia en la región
No podemos hablar de Estados Unidos y Venezuela sin mirar hacia el Este. Caracas ha sobrevivido en gran parte gracias a los sistemas de pago alternativos y el apoyo logístico de Moscú y Pekín.
Rusia ha sido el guardaespaldas militar y financiero. China, por su parte, es el principal acreedor. Para Washington, esto es una pesadilla de seguridad nacional. La doctrina Monroe puede sonar vieja, pero en el Pentágono sigue muy viva la idea de que potencias extranjeras no deben tener activos estratégicos tan cerca de sus costas.
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- China compra petróleo mediante triangulaciones en Malasia para evitar radares.
- Rusia provee mantenimiento a sistemas de defensa aérea venezolanos.
- Irán intercambia condensados por crudo, ayudando a PDVSA a diluir su petróleo pesado.
Esta red de apoyo hace que la presión diplomática estadounidense pierda fuerza. Si el dólar no puede entrar, el yuan lo hace. Si las empresas occidentales se van, las estatales rusas toman el relevo. Es una competencia geopolítica donde Venezuela es el tablero y el petróleo es el premio de consolación.
¿Qué pasa con la deuda y los bonistas?
Esta es la parte aburrida que nadie menciona en las noticias pero que mueve miles de millones de dólares. Venezuela debe una cantidad absurda de dinero. Los bonistas en Wall Street están sentados sobre papeles que valen centavos, esperando que algún día ocurra una reestructuración.
Recientemente, el JP Morgan aumentó el peso de los bonos venezolanos en sus índices de mercados emergentes. Eso fue un mensaje claro: el mercado cree que, tarde o temprano, habrá un arreglo. No porque Maduro se vuelva demócrata de la noche a la mañana, sino porque el capital no tiene ideología. Los grandes fondos de inversión están apostando a que la relación entre Estados Unidos y Venezuela se normalizará por puro agotamiento.
Es cínico, sí. Pero es la realidad del mercado financiero internacional.
La migración como arma de negociación
Kinda loco pensar que la migración se ha convertido en una variable macroeconómica, pero así es. Más de 7 millones de venezolanos han salido de su país. Muchos de ellos tienen como destino final los Estados Unidos.
Para el gobierno de Maduro, la migración es una válvula de escape: menos gente que alimentar, menos opositores en las calles y más remesas entrando al país. Para Washington, es un dolor de cabeza electoral. En las ciudades fronterizas como El Paso o Eagle Pass, la situación es crítica.
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Esto le da a Venezuela un poder de negociación inesperado. Básicamente pueden decir: "Si no relajas las sanciones, no aceptaremos vuelos de deportación". Y eso es exactamente lo que ha pasado en varios ciclos de negociación. La política exterior estadounidense hacia Venezuela ya no se decide solo en el Departamento de Estado, sino también en el Departamento de Seguridad Nacional.
Perspectivas para el futuro inmediato
¿Hacia dónde vamos? Probablemente a un escenario de "estancamiento administrado".
No esperes un cambio de régimen cinematográfico. Tampoco esperes que Estados Unidos levante todas las sanciones y se vuelva mejor amigo de Miraflores. Lo más probable es que veamos una serie de licencias específicas para empresas individuales (tipo Chevron, Repsol o Eni) que permitan extraer recursos sin darle legitimidad política total al gobierno venezolano.
Es una zona gris. Una sombra constante donde se hacen negocios en voz baja mientras se gritan consignas frente a las cámaras.
Acciones y pasos a seguir para entender este conflicto
Para navegar la complejidad de la relación entre Estados Unidos y Venezuela, es necesario mirar más allá de los titulares sensacionalistas. Aquí hay puntos clave para monitorear la situación de forma profesional:
- Vigila las renovaciones de licencias de la OFAC: El Tesoro de EE. UU. publica actualizaciones periódicas. Si las licencias se expanden a empresas de servicios petroleros (como Halliburton o Schlumberger), significa que la administración estadounidense está priorizando la producción de crudo sobre la presión política.
- Sigue el precio del crudo WTI vs. Merey: El diferencial de precios entre el petróleo de referencia en EE. UU. y el crudo pesado venezolano dicta qué tan desesperadas están las refinerías del Golfo por importar desde Caracas.
- Analiza los datos de deportación: La cooperación en materia migratoria es el termómetro más preciso de la temperatura diplomática actual. Si los vuelos de retorno se detienen, la tensión está subiendo.
- Monitorea los movimientos de Citgo: La filial de PDVSA en suelo estadounidense está en un proceso judicial complejo para pagar a acreedores. El resultado de esta subasta de acciones determinará gran parte del futuro de los activos venezolanos en el exterior.
- Ignora la retórica, mira los flujos: En este conflicto, lo que digan los portavoces suele ser lo contrario a lo que están negociando los enviados especiales en Qatar o México.
La realidad es que la relación entre ambos países está atrapada en un ciclo de dependencia mutua y desconfianza profunda. No hay soluciones mágicas, solo ajustes pragmáticos sobre la marcha. Las empresas que operan en este entorno deben estar preparadas para cambios de timón repentinos, ya que una sola elección en Washington o una movida audaz en Caracas puede cambiar las reglas del juego en cuestión de horas.
Mantenerse informado requiere filtrar el ruido ideológico y enfocarse en los indicadores económicos y regulatorios que realmente mueven la aguja en el eje Washington-Caracas.