El Señor de las Moscas: Por qué nos sigue aterrorizando lo que pasa en esa isla

El Señor de las Moscas: Por qué nos sigue aterrorizando lo que pasa en esa isla

Si alguna vez has estado en un grupo de WhatsApp que se sale de control o en una reunión de vecinos que termina a gritos, ya conoces la esencia de El Señor de las Moscas. No hace falta estar naufragando en el Pacífico. William Golding escribió esta novela en 1954, pero, honestamente, parece que la escribió ayer después de ver un hilo de Twitter (ahora X) volverse tóxico. Es una historia sobre niños británicos bien educados que terminan convirtiéndose en algo mucho más oscuro cuando se apagan las luces de la civilización.

Es brutal.

A diferencia de otras historias de supervivencia que son puro espíritu de equipo, Golding nos lanza un balde de agua fría. No hay héroes perfectos. Solo hay miedo, hambre y esa extraña necesidad humana de seguir a quien grita más fuerte.

El caos de El Señor de las Moscas no es lo que te enseñaron en el colegio

Casi todos recordamos la premisa básica: un avión se estrella, un grupo de niños queda varado sin adultos y deciden que una caracola es la ley. Ralph es el chico bueno con el plan de rescate; Jack es el chico impulsivo que prefiere cazar cerdos. Pero si te quedas solo con eso, te pierdes lo mejor (o lo más aterrador).

La verdadera tensión en El Señor de las Moscas no es el hambre. Es el colapso de las instituciones.

Golding no eligió a niños porque fueran "inocentes". Los eligió porque son pizarras en blanco. Al principio, intentan imitar el mundo de los adultos. Organizan asambleas. Establecen turnos para vigilar la hoguera. Pero en cuanto el miedo a "la fiera" —ese monstruo imaginario que acecha en la selva— se instala en sus mentes, la lógica se va por la ventana. Jack no gana el poder porque sea un mejor líder; gana porque ofrece protección contra un enemigo que ni siquiera existe. Es política pura en su estado más primitivo.

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El simbolismo que se te escapó (y por qué Piggy tenía razón)

Piggy es, probablemente, el personaje más trágico de la literatura del siglo XX. Es el único que entiende que sin ciencia y sin normas, están perdidos. Sus gafas no son solo para ver; representan la visión intelectual, la capacidad de razonar. Cuando Jack le rompe un cristal, la mitad de la racionalidad de la isla muere. Cuando las roban por completo, la oscuridad es total.

Luego está Simon. Pobre Simon.

Él es el único que se atreve a subir a la montaña y descubre la verdad: la "fiera" es solo un paracaidista muerto, un resto de la guerra de los adultos que se filtra en su mundo. Simon descubre que el mal no está fuera. No es un monstruo con garras. El mal es algo que los niños llevan dentro. La conversación alucinante de Simon con la cabeza de cerdo empalada —el verdadero El Señor de las Moscas— es el núcleo filosófico de la obra. El nombre es una traducción directa de Beelzebub, una forma de llamar al demonio. Pero no es un demonio sobrenatural; es el caos interno.

¿Qué pasaría en la vida real? El caso de la isla de Ata

Aquí es donde la cosa se pone interesante. Muchos críticos dicen que Golding era un pesimista total porque venía de luchar en la Segunda Guerra Mundial. Vio lo que los hombres se hacían unos a otros en los barcos de guerra y decidió que la humanidad es, básicamente, una basura cuando nadie nos mira.

Pero existe un caso real.

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En 1965, seis niños de Tonga se escaparon de su internado y terminaron naufragando en la isla desierta de Ata. Pasaron 15 meses allí. ¿Se mataron entre ellos? ¿Pusieron una cabeza de cerdo en una lanza?

Para nada.

Cuando el capitán australiano Peter Warner los rescató, se encontró con un grupo que había creado un jardín, un sistema para recolectar agua de lluvia e incluso un gimnasio casero. Si alguien se peleaba, se separaban un rato para calmarse. Un chico incluso se rompió una pierna y los demás lo cuidaron hasta que sanó perfectamente. Este caso, popularizado por el historiador Rutger Bregman en su libro Humankind, sugiere que Golding quizás proyectó sus propios traumas bélicos en su ficción.

Aun así, El Señor de las Moscas sigue siendo una advertencia necesaria. Quizás no somos tan malos por naturaleza, pero somos terriblemente frágiles ante el miedo y la manipulación.

El impacto en la cultura pop: De Lost a Los Simpson

Es imposible ver el cine o la televisión moderna sin ver la sombra de Golding. Stephen King está obsesionado con este libro; llamó a su pueblo ficticio "Castle Rock" por la fortaleza de Jack en la isla. Lost es básicamente una versión con adultos y humo negro. Incluso Los Juegos del Hambre bebe directamente de esa ansiedad por la supervivencia y la pérdida de la humanidad.

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Y sí, los Simpson lo hicieron. El episodio "Das Bus" donde los niños de la escuela de Springfield quedan atrapados en una isla es una parodia perfecta. Milhouse es Piggy, obviamente.

La razón por la que El Señor de las Moscas sigue siendo relevante en el entretenimiento es que toca una fibra nerviosa: el miedo a que nuestro "barniz" de civilización sea demasiado delgado. Nos gusta pensar que somos Ralph, pero a veces, en un mal día, nos parecemos mucho más a Jack.

Cómo aplicar las lecciones de Golding hoy mismo

No necesitas estar en una isla desierta para que las dinámicas de El Señor de las Moscas se manifiesten. Sucede en oficinas, en comunidades online y en movimientos sociales. La deshumanización del "otro" empieza siempre con un apodo, como hicieron con Piggy.

Si quieres evitar que tu entorno se convierta en una carnicería simbólica, aquí tienes algunos puntos clave para reflexionar:

  • Protege la disidencia: En la novela, el grupo silencia a Piggy y Simon porque dicen verdades incómodas. En cualquier grupo sano, las voces que cuestionan el consenso son las que evitan que el grupo se lance por un precipicio.
  • Cuidado con el enemigo invisible: Jack mantuvo su poder alimentando el miedo a la fiera. Cuando un líder (en el trabajo o en la política) solo habla de amenazas externas sin proponer soluciones reales, está usando el manual de Jack.
  • La infraestructura importa: Ralph insistía en el fuego y las cabañas. Jack quería cazar. Lo urgente (la comida, el placer inmediato) a menudo mata a lo importante (el rescate, el futuro).
  • La importancia de los símbolos: La caracola funcionaba mientras todos creían en ella. Las instituciones solo funcionan mientras hay confianza. Una vez que se pierde el respeto por el símbolo, la violencia es el siguiente paso lógico.

Honestamente, leer o releer El Señor de las Moscas hoy es una experiencia de aprendizaje sobre la psicología de masas. Es un espejo incómodo. Golding no nos dio un final feliz donde todos aprenden una lección y se abrazan. El rescate final es irónico: los niños son salvados por un oficial de la marina que los regaña por portarse mal, mientras él mismo está participando en una guerra mundial mucho más sangrienta y "adulta".

Al final, los niños solo estaban imitando a sus padres.

Para profundizar en el impacto de esta obra, lo más útil es analizar cómo reaccionamos nosotros mismos bajo presión. Observa la próxima vez que haya un conflicto en tu grupo de amigos o en tu trabajo. ¿Quién busca la caracola para hablar con orden? ¿Quién está buscando una lanza para señalar a un culpable? Ahí, en ese pequeño momento, es donde vive el espíritu de la isla.