Cuando la gente pregunta de donde eran las poquianchis, suele esperar una respuesta simple, como un punto en un mapa. Pero la realidad es mucho más turbia. Estas mujeres no aparecieron de la nada; fueron el producto de un México rural, post-revolucionario y profundamente fracturado.
Eran de El Salto, Jalisco.
Ese es el dato geográfico básico. Sin embargo, su historia "real" comienza a escribirse en Guanajuato, específicamente en San Francisco del Rincón y Purísima del Rincón. Ahí es donde montaron su imperio de horror. No eran monstruos de película, sino cuatro hermanas de carne y hueso: María del Jesús, Delfina, María de los Ángeles y Eva.
El origen en Jalisco y el mito del apodo
Hablemos de El Salto. A principios del siglo XX, Jalisco era una zona de contrastes violentos. Las hermanas González Valenzuela crecieron en un entorno donde la ley era algo opcional y la supervivencia dependía de la astucia, o de la crueldad. Su padre era un policía, irónicamente. Un hombre violento, según los registros históricos y las crónicas de la época como las de Elisa Robledo.
¿Por qué "Poquianchis"? El nombre ni siquiera era de ellas.
Básicamente, se lo robaron a un viejo proxeneta de la zona apodado "El Poquianchi". Delfina, la mayor y la mente maestra del grupo, decidió que el nombre tenía "pegada". Así que lo adoptaron. Es curioso cómo un apodo terminó definiendo la nota roja mexicana por décadas.
La mudanza a Guanajuato
Aunque nacieron en Jalisco, su centro operativo fue Guanajuato. Esto confunde a mucha gente. Se establecieron en la zona del Bajío porque era un punto estratégico. El paso de comerciantes, militares y trabajadores rurales les aseguraba un flujo constante de "clientes".
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Abrieron burdeles que, por fuera, parecían cantinas mediocres. El más famoso era "Guadalajara de Noche". Pero detrás de esas paredes, la situación era un infierno. No eran solo proxenetas; eran secuestradoras. Engañaban a familias pobres prometiéndoles empleos domésticos para sus hijas. Una vez que las jóvenes cruzaban la puerta, la puerta se cerraba para siempre.
Lo que la policía encontró en 1964
El 14 de enero de 1964, el país se paralizó. Una joven llamada Catalina Ortega logró escapar. Ella fue la que desmanteló el mito. Cuando la policía llegó a las propiedades de las hermanas en San Francisco del Rincón, lo que hallaron fue una pesadilla arqueológica.
No encontraron solo suciedad. Encontraron cuerpos.
Muchos cuerpos.
Honestamente, las cifras oficiales siempre han sido dudosas. Se habla de 91 cadáveres, la mayoría mujeres jóvenes y bebés, pero algunos investigadores sugieren que la cifra podría ser mayor. O menor. El caos forense de los años 60 en México no permitía una precisión absoluta. Lo que sí es seguro es que las condiciones eran infrahumanas. Las víctimas que sobrevivieron estaban desnutridas, golpeadas y en un estado de terror psicológico que les impedía incluso hablar con los oficiales al principio.
La protección política y social
Aquí es donde la cosa se pone fea. No puedes operar una red de trata de ese tamaño durante décadas sin que nadie se dé cuenta. ¿De donde eran las poquianchis? De un sistema que les permitió existir.
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Tenían compradas a las autoridades locales.
Los inspectores de salud, la policía municipal y varios políticos de la región recibían sobornos o "servicios" gratuitos. Por eso duraron tanto tiempo. La gente en los pueblos cercanos sabía que algo raro pasaba, pero el miedo y la complicidad son una mezcla potente. En México, el silencio siempre ha sido una moneda de cambio.
El impacto cultural: De la realidad a la ficción
La historia de las Poquianchis es tan visceral que la cultura no pudo ignorarla. Jorge Ibargüengoitia, uno de los mejores escritores de México, tomó el caso y lo convirtió en una obra maestra: Las Muertas.
Si quieres entender la psicología detrás de estas mujeres, lee ese libro. Ibargüengoitia usa un humor negro corrosivo para mostrar que las hermanas no se veían a sí mismas como villanas. Se veían como empresarias. En su mente, estaban "limpiando" a las chicas o dándoles una oportunidad. Esa desconexión con la realidad es lo más aterrador de todo.
Felipe Cazals también llevó la historia al cine en 1976. La película es cruda. No tiene el glamour de Hollywood. Es sucia, ruidosa y deprimente. Como lo fue la realidad en El Salto y en San Francisco del Rincón.
¿Qué pasó con ellas?
Delfina murió de forma casi poética. Un accidente en la cárcel: un bote de pintura o material de construcción le cayó encima. Una muerte accidental para alguien que causó tanto dolor de forma deliberada. María del Jesús cumplió su condena y salió, desapareciendo en el anonimato.
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Es increíble pensar que, después de todo el ruido mediático, la historia simplemente se desvaneció en la burocracia carcelaria.
Por qué seguimos hablando de las Poquianchis
Hoy en día, el caso sigue siendo relevante porque el problema de fondo no ha cambiado. La trata de personas sigue siendo una herida abierta en México. Las técnicas de enganche que usaban las hermanas —promesas de trabajo, manipulación de la pobreza— son idénticas a las que usan las redes modernas en lugares como Tenancingo, Tlaxcala.
Entender de donde eran las poquianchis no es solo un ejercicio de geografía o de morbo criminal. Es entender cómo el abandono estatal y la corrupción crean zonas de sombra donde el abuso se vuelve cotidiano.
Lecciones de un caso histórico
- Desconfía de las ofertas de trabajo demasiado buenas: Las hermanas iban a los ranchos más pobres de Jalisco y Guanajuato ofreciendo sueldos que no existían. La vulnerabilidad económica es el anzuelo más viejo del mundo.
- La complicidad civil importa: El caso se rompió porque alguien habló. El silencio de los vecinos durante años fue lo que permitió que las fosas se llenaran.
- Documentación y memoria: Consultar archivos periodísticos de la época (como los de El Sol de León) es vital para no dejar que el mito borre la tragedia de las víctimas. A menudo recordamos los nombres de las asesinas, pero olvidamos los de las mujeres que murieron en sus manos.
Para investigar más sobre este tema, lo ideal es alejarse de los blogs de "creepypasta" y buscar los expedientes judiciales o el trabajo periodístico de Vicente Leñero, quien también diseccionó el caso con precisión quirúrgica. La historia real es mucho más compleja, triste y humana que cualquier leyenda urbana.
Para entender el México actual, hay que mirar esos rincones de Jalisco y Guanajuato donde hace sesenta años el tiempo se detuvo para decenas de mujeres. La ubicación exacta es secundaria; lo importante es el sistema que permitió que las "Poquianchis" pasaran de ser cuatro hermanas de un pueblo pequeño a convertirse en el sinónimo del mal absoluto en la historia criminal de América Latina.