Seguro que has visto la escena mil veces en el cine o en series como La Casa de Papel. Un rehén, después de pasar horas o días bajo la amenaza de un arma, empieza a sentir una extraña empatía por su captor. De repente, no solo deja de temerle, sino que intenta protegerlo de la policía. Es un giro dramático perfecto. Pero, honestamente, ¿qué es exactamente este fenómeno y por qué ocurre?
Cuando nos preguntamos cuál es el síndrome de Estocolmo, solemos pensar en una enfermedad mental catalogada o en un lavado de cerebro instantáneo. La realidad es bastante más desordenada. No es un diagnóstico oficial en el DSM-5 (el manual diagnóstico de trastornos mentales más importante del mundo). No es algo que le pase a todo el mundo. Básicamente, es una respuesta de supervivencia extrema que surge cuando el cerebro se queda sin opciones.
El origen real: Seis días en un banco sueco
Todo empezó en 1973. Fue en la plaza de Norrmalmstorg, en Estocolmo. Jan-Erik Olsson entró en el Kreditbanken con una ametralladora, tomó a cuatro empleados como rehenes y exigió que trajeran a su amigo, el criminal Clark Olofsson, de la cárcel.
Aquí es donde la historia se pone rara.
Durante 131 horas, los rehenes estuvieron encerrados en una cámara acorazada. Lo lógico sería que odiaran a Olsson. Sin embargo, cuando la policía finalmente logró gasear el edificio y entrar, los rehenes hicieron algo inaudito: se pusieron delante de los captores para que la policía no les disparara. Una de las víctimas, Kristin Enmark, llegó a decir por teléfono al primer ministro Olof Palme que confiaba más en los ladrones que en el Gobierno.
Nils Bejerot, un criminólogo y psiquiatra que asesoró a la policía durante el asalto, acuñó el término. Lo curioso es que Bejerot ni siquiera habló con las víctimas antes de ponerle nombre al fenómeno. Simplemente analizó su comportamiento "irracional" desde fuera. Desde ese momento, el concepto se volvió viral.
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¿Qué pasa en el cerebro de una víctima?
Para entender cuál es el síndrome de Estocolmo, hay que mirar el miedo de cerca. No el miedo de "me va a morder un perro", sino el miedo de "voy a morir en los próximos cinco minutos".
Cuando una persona está en una situación de vida o muerte y depende totalmente de su captor para comer, beber o ir al baño, el cerebro hace un clic extraño. Si el captor muestra una pizca de amabilidad —un vaso de agua, una manta, no matarte cuando prometió hacerlo—, esa pequeña muestra de humanidad se percibe como una deuda de gratitud inmensa.
Es pura supervivencia.
El instinto te dice que si te llevas bien con el que tiene el cuchillo, tienes más probabilidades de salir vivo. La mente empieza a ignorar la violencia del captor y a centrarse exclusivamente en su "bondad". Es una forma de disonancia cognitiva. No puedes vivir con el terror constante de que alguien te va a asesinar, así que tu psique construye una realidad alternativa donde esa persona es tu aliado contra el mundo exterior (que suele ser la policía, cuya intervención podría provocar un tiroteo).
¿Por qué no es un diagnóstico oficial?
A pesar de su fama, la Asociación Americana de Psiquiatría no lo reconoce como un trastorno específico. ¿Por qué? Principalmente porque hay muy poca investigación empírica. La mayoría de los datos provienen de casos aislados o noticias de prensa, no de estudios clínicos controlados.
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Muchos expertos, como la Dra. Jennifer Freyd, prefieren hablar de "trauma bonding" o vinculación traumática. Este concepto es mucho más amplio y explica mejor por qué las personas permanecen en relaciones abusivas o sectas. No se trata solo de rehenes en bancos; ocurre en hogares, en oficinas y en dinámicas de pareja donde existe un desequilibrio de poder brutal.
Casos que sacudieron al mundo
El síndrome ha aparecido en contextos que ponen los pelos de punta.
Patty Hearst es el ejemplo clásico. En 1974, fue secuestrada por el Ejército Simbiótico de Liberación (SLA). Dos meses después, estaba ayudando a sus secuestradores a atracar bancos bajo el nombre de "Tania". ¿Fue voluntad propia o síndrome de Estocolmo? Su defensa argumentó lo segundo, pero terminó en la cárcel de todos modos.
Luego está el caso de Natascha Kampusch. Estuvo ocho años encerrada en un sótano en Austria. Cuando su captor, Wolfgang Přiklopil, se suicidó tras su huida, ella lloró por él. Natascha ha sido muy vocal criticando el uso del término "síndrome de Estocolmo", argumentando que su comportamiento no fue una enfermedad, sino una estrategia racional para sobrevivir en una situación imposible. Y tiene un punto importante: llamar "síndrome" a un mecanismo de defensa puede sonar a victimización.
Desmontando el mito: No es una "atracción" romántica
Hay que dejar algo claro. El síndrome de Estocolmo no es enamorarse del malo como en un libro de romance oscuro. Eso es una simplificación peligrosa.
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Es una respuesta al estrés agudo.
- Aislamiento: La víctima no tiene contacto con nadie más que el captor.
- Percepción de amenaza: La víctima cree sinceramente que el captor puede y va a matarla.
- Pequeñas muestras de bondad: El captor permite una mínima comodidad, lo que se siente como un regalo divino.
- Imposibilidad de escape: La mente se rinde ante la idea de huir y empieza a adaptarse al entorno agresivo.
¿Sabías que el FBI tiene una base de datos de crisis de rehenes? Sus datos sugieren que la gran mayoría de los rehenes (alrededor del 73%) no muestran síntomas de este síndrome. Es un fenómeno mucho más raro de lo que Hollywood nos ha hecho creer.
¿Qué hacer si detectas una vinculación traumática?
Si sospechas que alguien cercano (o tú mismo) está pasando por algo similar en una relación abusiva, la salida no es tan simple como "vete de ahí". El vínculo es bioquímico y psicológico. Hay una adicción al ciclo de abuso y reconciliación.
- Reconocimiento del patrón. El primer paso es entender que la "bondad" del otro no compensa el peligro o el daño. Es un mecanismo de control.
- Apoyo profesional especializado en trauma. No sirve cualquier terapia. Se necesita alguien que entienda el TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático).
- Corte de comunicación. En casos de abuso, el contacto cero es a menudo la única forma de que el cerebro se "desintoxique" de la presencia del otro.
- Reconstrucción de la red social. Los captores y abusadores suelen aislar a sus víctimas. Recuperar el contacto con la realidad exterior es vital para romper el hechizo del síndrome.
Entender cuál es el síndrome de Estocolmo nos ayuda a ser más empáticos y menos juiciosos. No es una debilidad de carácter. Es el cerebro haciendo un esfuerzo desesperado por mantener el corazón latiendo un día más.
Para profundizar en el proceso de recuperación, es fundamental buscar recursos sobre el trastorno de estrés postraumático complejo (C-PTSD) y contactar con organizaciones locales de apoyo a víctimas, ya que estas dinámicas de poder requieren un acompañamiento estructurado y seguro.